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Caucubú*

Caucubú era la india más hermosa del cacicazgo de Guamuaya, hija del Cacique Manatiguahuraguena , jefe y señor de la comarca, en cuyo reino se encontraba el poblado de Mancanilla , lugar en que se halla situada hoy Trinidad de Cuba. La princesa Caucubú poseía el aire de distinción que es rasgo natural de toda persona que pertenece a elevada jerarquía.

Cuando los indios celebraban sus juegos de batos en el batey , o por la noche, cuando llamaradas de leños de guayaba perfumaban el ambiente e iluminaban las redondas caderas de las indias que bailaban en Areítos, haciendo más rojas y brillantes sus duras carnes, producto del esfuerzo físico que el trabajo les imponía, deslumbrando con el reflejo de las piedras de sus Pampaniyas y de su negro pelo, Caucubú era conducida del Cansí que había levantado el cacique, su padre, y colocada en el lugar prominente del espectáculo, bajo un dosel de Palmas adornado con lirios y tapizado el suelo con conchas de vecinas playas. Era proclamada la reina de la fiesta, y todos los indios jóvenes se abrasaban de pasión por la encantadora indiana, cuya belleza y bondad era el hechizo de su escopetado padre, que soñaba para ella un imperio o poderío mayor que las grandezas por él poseídas.

De Ornofay, Magón, Escambray, Sabana, Sabaneque, Jagua y hasta del lejano Camagüey, habían venido en diferentes ocasiones los primogénitos de sus caciques a pedirla en matrimonio, pero todo era inútil, porque Caucubú, cariñosa y atenta con todos, repartía entre ellos sonrisas dulces como las piñas, pero puras como la esencia de las flores, y enviaba a las madres y hermanas de sus galanes hamacas primorosas tejidas por sus bellas manos y objetos de adornos hechos con oro que recogía su padre en las excursiones que periódicamente hacía a las tierras auríferas de Mabujina o Arimao, sin aceptar el amor de ninguno.

¡Pobre Caucubú!- vivía sin amor-decían los que no conocían sus profundos sentimientos. Caucubú amaba y era correspondida, pero tenía que aparentar que no deseaba casarse y ocultar su amor a los ojos de su padre para que este no la obligara a decidirse por alguno de sus pretendientes. El elegido de su corazón era Naridó , un joven indio que habitaba a la otra orilla del Guaurabo . Allí, entregado a la caza y a la pesca, ejercicios en los cuales sobresalía y que aseguraban su subsistencia y la de su familia, su alma entera se consagraba a l objeto de su amor, a su dulce Caucubú, la india más linda del cacicazgo de Guamuhaya, la de más elevada alcurnia y que era fiel al amor del pobre indio.

Algunas zozobras habían sufrido ya los dos buenos amantes. En una ocasión fue sorprendido Naridó pescando en la boca del Guanayara por un huracán que arrojo su piragua hasta más allá de Cabagán. Caucubú, cuya piedad era conocida por su padre, logró que este mandara a sus servidores en busca del náufrago, y los salvaran milagrosamente.

Otra vez fue Naridó quien estuvo a punto de morir de pena creyendo perder para siempre el objeto de su amor. El cacique determinó mandar a Caucubú a la corte del cacique Guacanayabo ; todo estaba preparado para la marcha, las más ligeras piraguas y canoas de la zona surcaban los ríos y costas para reunirse en la mansa desembocadura del Guaurabo, para convoyar a la hermosa hija del poderoso señor hasta los dominios del joven cacique de aquella provincia, Guacabino , valiente, fuerte como pocos, que más de una vez había derrotado a los caribes de las otras Antillas que osaban invadir sus costas.

Por fortuna para Caucubú y Naridó, un día antes de que la flotilla zarpase, tal vez para dejar a Caucubú proclamada esposa del bravo indio de Guacanayabo, llegó un correo anunciando que los mencionados caribes preparaban una fuerte expedición hacia las costas de Cuba y se temía que vinieran a tomar la revancha contra Guacabino el cacique de Guacanayabo.

El padre de Caucubú suspendió el viaje para no exponer a su hija a hacer presa de los invasores y obró cuerdamente, porque algún tiempo después se supo que la expedición Caribe había acabado con las fuerzas de Guacabino y muerto este en la refriega. Guacabino era uno de los caciques más poderosos y el padre de Caucubú no le hubiera negado la mano de esta si él se hubiera prendado de su belleza.

Pero estas zozobras eran nada en comparación con las penas que tuvieron que pasar los dos amantes por la ambición de las indias, principalmente las esposas de otros caciques, que deseaban ver a las hijas del cacique Manatiguahuraguana casada con unos de sus hijos.

Entre aquella pobre gente que poblaba estas tierras había también torturas de amor, había también corazones enamorados que tenían que vencer mil obstáculos para alcanzar la dicha soñada. ¡Y cómo no! si eran seres humanos sujetos a todas las pasiones.

Caucubú y Naridó, amantes que podían servir de modelo, eran envidiados y tenían por fuerza que ser perseguidos por enemigos terribles, celosos de la ventura que les esperaba el día que el poderoso cacique de Guamuaya, padre antes que soberano, hiciera su felicidad, uniéndola al elegido de su corazón. Mientras tanto el pobre indio Naridó, en sus viajes por el Guaurabo, admiraba en las estrellas los ojos amantísimos de la linda Caucubú; en los juncos del río, el talle flexible de la adorable indiana; en el trino del sinsonte, la voz dulcísima que le juraba amarlo a prueba de sinsabores, y en las flores que crecían del patrio río, los adornos con que él un día, coronaría la negra y espesa cabellera de la virgen por quién suspiraba.

La presencia de los blancos vinos a quebrantar el ritmo de la vida apacible de los taínos de la región.

Un buen día los indios contemplaron el espectáculo inexplicable para ellos de la llegada de Colón, quién hubo de pernoctar con sus naves al pairo frente a las costas del cacicazgo de Guamuaya. Se cuenta que desde sus naves pudo oír el Gran Almirante la algazara de los indios en sus areitos y percibir el aroma inconfundible de los sahumerios producidos cuando quemaban ramas de guayaba y hojas de tabaco.

Más tarde vino Ojeda, quién atravesara la región llevando entre sus pertenencias, como reliquia más preciada, una imagen de la virgen que se cree fue la hallada después flotando sobre las aguas de la bahía de Nipe y llegara a identificarse luego como la imagen de nuestra idolatrada Virgen de la Caridad del Cobre.

Después llegó Diego Velázquez, de paso para Jagua, a quién Manatiguahuraguana, con todos los grandes señores de la comarca, le ofrecieron fiestas tan grandiosas que trastornaron los propios planes del famoso colonizador y, en vez de seguir al Jagua para pasar las Navidades, decidió quedarse en Mancanilla a esperar los resultados de la excursión de Narváez y el Padre de las Casas que habían sido enviados a las regiones occidentales de la Isla.

En esta fiesta se percataron los españoles de la incomparable belleza de Caucubú. Sus ojos llamaron la atención de los conquistadores y, desde entonces, su hermosura comenzó a divulgarse por toda Cuba. Sin embargo, nadie pudo penetrar en el secreto de la mirada amable y tierna, pero penetrante e inflexible que caracterizaba siempre el semblante inconfundible de tan bella india.

Se fundó la villa de Trinidad. Su desarrollo motivó la llegada de nuevos colonizadores y de cada grupo brotaban nuevos pretendientes que en vano trataban de conquistar el amor de Caucubú. Los imperativos de amor se convirtieron en verdaderos asedios y la persecución y el maltrato estaban a la orden del día.

Ya los indígenas no hablaban con palabras simples, ingenuas y sinceras. Su hablar que, según Las Casas, era el más dulce del mundo y el más manso, se troco en profundo silencio.

Caucubú perdió también su dulce sonrisa y la expresión de su rostro se transformó en perenne y serena seriedad que vino a realzar aún más la sobria majestad de su belleza.

Ya Naridó no podía cazar, pertenecía a una encomienda del Padre Don Bartolomé de Las Casas, trabajaba triste y odiaba intensamente; su amor era cada vez más imposible. El odio al blanco no era por el trabajo que realizaba-su amo era de los mejores-el odio era porque le rompían el corazón al querer arrancarle de su vida su único e intenso amor. Caucubú, ante la tristeza de su padre por los atropellos y la pérdida de su mandato, no quería agregarle una pena más y temía confesarle toda la verdad.

Pasaron los días…y acaso los meses…Las cosas empeoraban. Hasta que llegó a la villa Vasco Porcayo de Figueroa, con toda su fama de atropello y crueldades, quién al pasar, cargado por los indios en sus andas, pudo contemplar la hermosura de Caucubú, que bajo un frondoso algarrobo, distraídamente, miraba el paisaje del lindo valle y su mirar tenía la recordación frustrada de su vida, acaso queriendo ver dentro de él su Naridó querido, o a sus antiguos súbditos que la adoraban. Vasco Porcayo, acostumbrado a la dictadura, rudeza y mandato, quiso obtener a Caucubú, mas ella se rebeló, y utilizando su destreza, fuerza y juventud pudo zafarse de sus victimarios y atravesando el valle de Vicunia , corriendo velozmente, se le perdió a la guardia de Porcayo, penetrando luego en la oscuridad de la” Cueva Maravillosa”, que se convertía en cautiverio, en celda de sus sentimientos, en cárcel final para sus días.

Naridó, desesperado por los hechos contados por sus compañeros, llorando de rabia, reveló al Padre de Las Casas su gran amor, le contó los hechos, la furia de Porcayo ante la rebeldía de una india que le era imposible encontrar y a los extremos que llegaban los soldados ante la soberbia que les producía el fracaso. Eran inútiles todas las búsquedas que con insistencia ordenaba, aún cautivando primero y matando luego al padre de la misma, quién tomó con gusto esta muerte para descansar de tanta vileza. Naridó, desesperado ante tal abuso, trató de atacar a Porcayo con su hacha de piedra, pero el sablazo de un soldado tronchó su joven vida. El Padre de Las Casas consiguió que juntos descansaran los cadáveres del padre y del enamorado de Caucubú. Llenóse de tristeza la indiada y el luto grabóse en sus rostros para condenar tan salvaje hecho, que hizo renunciar al Padre de Las Casas a todas las encomiendas y bienes que le habían concedido, dedicando su vida desde entonces a pedir al mundo la libertad de esta noble raza indígena.

Cuenta la tradición que los indios llevaban a Caucubú, en las noches, sus mejores frutos y las más bellas flores a la entrada de la Cueva Maravillosa, costumbre que siguieron hasta que pereció el último taíno de nuestras tierras…Dicen que, todavía, en noches de luna, cuando los vientos del Norte hacen murmurar los árboles de la loma, junto a la entrada de la Cueva, aparecen llena de hermosura Caucubú, la indiana más linda que diera el cacicato de Guamuhaya.

*Tomado de Mitos y Leyendas en Las Villas de Samuel Feijóo. Leyenda trinitaria recogida por J. Bécquer Medina.

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