El piano y su tierra: debilidades de la genialidad
8/diciembre/2009
El tiempo borra siempre las huellas; pero los hombres con sus obras quedan atrapados en su tiempo o trascienden. La música, esa magia acompasada, se burla del Cronos inflexible y sustrae del olvido a quienes muestran genio y talento para su interpretación.
Entre los grandes músicos de estas tierras, al centro sur de Cuba, que por el siglo XIX hizo valer la condición de trinitario de pura cepa en los países europeos se encuentra José Manuel Jiménez y Berroa, o sencillamente Lico.
En el seno de una familia musical, el 7 de diciembre de 1855, abre los ojos quien elevaría su terruño ante el mundo. Genio que fue in crechendo hasta convertirse en uno de los valores musicales de su tiempo, ganando, incluso el respeto y admiración de pianistas como Wagner y Liszt.
En el Gran Conservatorio de París, que también había recibido y premiado a íconos de la música nacional como Cervantes y White, frente a un selecto y crítico jurado de pianistas de la época, Lico se alza por unanimidad con el codiciado Gran Premio.
Crónicas de esta etapa lo exaltan, mostrando su obra para orgullo de cada pueblerino que pisaba las empedradas calles de su adorada Trinidad.
Su ejecución era poderosa y firme, el estilo tierno y poético; pero frente al piano y con los trazos de Beethoven, Mozart, Rubistein en su poder, Lico se adaptaba al carácter peculiar de estos, mezclándolos con su propia y genial individualidad.
Su Elegía, Polonesa, Rapsodia Cubana, Vals Caprice, entre otras son verdaderos ejemplares de una factura pianística superior, una demostración de su dominio inigualable, de una combinación local y universal, llevada desde la interpretación a la composición.
Los periódicos de antaño y la memoria musical que late en su tierra así lo atestiguan, una excepcionalidad eminentemente grande para su tiempo y aún para el nuestro.
Para no perder la tradición que rodea a los grandes, Lico murió lejos, en Alemania; sin su cielo trinitario ni el suelo empedrado bajo los pies el 15 de enero de 1917, a los 62 años de edad. Solo en ese momento el piano dejó de ser fiel compañero y Trinidad aún hoy llora al hijo pródigo que nunca regresó.
Por: