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El rey Isaías

Por: José Rafael Gómez Reguera
13/marzo/2009

Desde su trono, acomododado, siempre está presto al saludo. Difícil encontrar un día en que alguien no lo busque. Difícil también verle grave, molesto. Así es el Isaías de mi historia, no el de los textos bíblicos. Este es totalmente terrenal, jaranero, presto al juego y al dicharacho jocoso.

Poco después de ver la luz del día, por las calles de su barrio, en las cercanías de Punta Brava, se le ve, escoba en mano, aportando al esplendor de una añeja ciudad que además de ser la tercera más antigua de Cuba, se precia de su pulcritud.

¿Barrendero voluntario? ¿custodio? ¿auxiliar de limpieza? ¿ almacenero? De todo y de mucho más hay en el alma de este trinitario que mientras ve pasar la vida ayuda a la felicidad de los demás, a veces hasta pedaleando y recorriendo largas distancias con su vieja-nueva bicicleta, a la que mima como si fuera la joya principal de su corona.

Pero su innegable vocación por la artesanía utilitaria brota a cada instante. Ora un cabo para un cuchillo, o un bastón para acompañar los pasos de alguien de juventud acumulada; ora un puntero para el amigo maestro, o una batuta para las bandas rítmicas escolares, salen de sus manos bien torneadas y con adornos caprichosos, mientras desgrana risas y hasta bromas con su inseparable pelota saltarina, prendida a un elástico, que a muchos nos ha hecho reaccionar, asustados.

Esas, las batutas, por necesarias, tal vez sean sus preferidas, y ni él mismo sabría decir cuántas ha hecho, como tampoco podría calcular otra cosa que no sea la satisfacción de darse, la magia de ser simple y llanamente Isaías.