¡Aquel teatro Escambray de Trinidad!
Con motivo de celebrar este 22 de enero el día del teatro cubano, Radio Trinidad Digital conversa con América Esther Guerra y Aurelio Gutiérrez, antiguos miembros del grupoTeatro Escambray, acerca de sus experiencias en el macizo montañoso Guamuhaya.
Texto y Fotos: Carlos Luis Sotolongo Puig*
22/enero/2012
En la década del ‘60, las manifestaciones artísticas en Cuba ampliaron sus horizontes formales y conceptuales, invadieron la vida cotidiana de la gente, se hicieron presentes en todos los espacios. El teatro subió a las montañas de esta Isla para presentarse a los pobladores de las comunidades rurales de todo el país.
Si hablamos de grupos teatrales en Trinidad, un nombre aflora en los recuerdos de los habitantes de la ciudad: el grupo Escambray, aquel fundado por 12 artistas dispuestos a llevar el arte de las tablas a un público formado por el guajiro del cafetal, las amas de casa del bohío y los niños con sombreros de guano, a través de un repertorio novedoso, basado en el quehacer cotidiano de los pobladores del lomerío Guamuhaya.
Muchos actores cubanos han integrado esta familia artística. Nombres como Sergio Corrieri y su madre Gilda, Carlos Pérez Peña, Premio Nacional de Teatro 2010; Fernando Echevarría, Maritza Abrahante, Miguel Carasú, entre tantos otros, formaron parte de este gremio considerado una escuela del arte dramático.
Otros, aunque no vinculados directamente al público, también bebieron de las esencias del quehacer diario para crecer espiritual y profesionalmente. Es el caso de América Esther Guerra y Aurelio Gutiérrez, un matrimonio residente en Trinidad que compartió parte de su vida entre escenarios rurales improvisados, aplausos guajiros y aromas campestres. Mientras la brisa y el canto de los gallos amenizan la entrevista, ambos reviven las nostalgias.
¿Cómo llegan al grupo?
Aurelio: “Yo tenía la experiencia de la promoción cultural a través del cine que había realizado en Topes de Collantes. Ahí se encontraba el grupo Teatro Escambray por aquel entonces. Y el colectivo creyó oportuno continuar esa labor en las distintas escuelas que empezaban a surgir como las Escuelas Secundarias Básicas en el Campo (ESBEC) y los Institutos Pre Universitarios en el Campo (IPUEC). De esta forma se escribieron varios guiones relacionados con la temática de los problemas de los alumnos en la enseñanza secundaria”.
Gutiérrez comparte además cómo el grupo Escambray, dotado de una perspectiva diferente referida al arte de las tablas, demandó obras de un carácter distinto a lo realizado hasta aquel momento. Vieron la luz dramatizaciones vinculadas a lo autóctono de la región rural, las principales insatisfacciones de los moradores de la zona, etc., en aras de lograr una mayor identificación con el público. Pero no todo se basó en lo popular pues obras de Bertolt Brecht, entre otros importantes dramaturgos universales y cubanos, fueron llevadas a escena.
América: “En 1975 llego a Teatro Escambray. Ya Sergio Corrieri y Gilda, su mamá, me conocían por doble razón: Aurelio y mi labor en La Yaya, poblado de Topes de Collantes y segunda sede del grupo, donde yo había trabajo anteriormente con Graziela Pogolotti. Para ese entonces el colectivo de Escambray tenía mucha información acumulada. Yo transcribía las entrevistas realizadas a los actores en diferentes poblados de las montañas, entre otras tareas. Mi función fue un poco de oficinista, secretaria, bibliotecaria, encargada de ordenar toda la memoria que Teatro Escambray tenía hasta ese momento. Una vez se hizo necesario que actuara en una obra de teatro para niños y así lo hice. Fue un momento inolvidable” (ríe).
¿Cuánto les aportó el grupo para su posterior desempeño profesional?
América: Nos dio a ambos instrumentos de promoción cultural que después utilizamos para lograr una mayor atracción de público a nuestros futuros centros de trabajo, yo en la Biblioteca Municipal “Gustavo Izquierdo” y Aurelio en el Museo Nacional de la Lucha Contra Bandidos (LCB). Además, nos llevamos la satisfacción de trabajar en una comunión laboral extraordinaria, las decisiones eran estudiadas para analizar qué era lo mejor para enriquecer el trabajo del grupo. Teníamos la base y sabíamos cómo dirigirla en busca de un fin colectivo”.
Aurelio: Cuando sentí que el grupo no podía aportarme culturalmente aquello que Trinidad como ciudad me ofrecía, además de razones familiares como el crecimiento de nuestro hijo, decidimos bajar de las lomas y en la mochila traje algunos métodos de trabajo muy útiles. Por ejemplo, yo traté de convertir el museo LCB en un centro de atracción comunitaria, en un espacio popular donde el público sintiera que ahí estaba su historia y por lo tanto debían cuidarlo como tal. De no haber sido por lo aprendido en el grupo, nunca lo habría logrado.
¿Y en su vida matrimonial?
América: Todo lo vivido nos ayudó a crecer como pareja no solo por el sentimiento humano tan fuerte que se respiraba dentro del grupo sino por imágenes cotidianas tan lindas, como una madre con su hijo viendo una función, que a mí particularmente me enriquecieron como esposa, madre, compañera… Personalmente todavía recuerdo algunas”.
A tantos años, ¿todavía quedan nostalgias?
América: (suspira) Sí, pero también hay placer. Siempre que termina algo, uno lo añora y aquellos fueron tiempos de gloria, como se dice.
Aurelio: Era realmente un grupo con un real carácter socialista, hay que decirlo así, porque sentían aquello como algo suyo y a la vez les aportaba algo nuevo para su crecimiento individual y colectivo. Pocas veces me he vuelto a sentir así.
A su juicio, ¿cuáles son hoy los principales retos del teatro como manifestación artística en el municipio de Trinidad?
Aurelio: Habría que preguntarse por qué si Trinidad tiene una población con una larga experiencia cultural, no ha habido un movimiento teatral tan rico como su experiencia hubiera exigido. En algunos momentos parece que sí va a renacer de sus cenizas pero vuelve a caer en el olvido.
América: Por algunos instantes he pensado que el teatro en nuestra cuidad va a despuntar otra vez. Sin duda alguna, en esas ocasiones la aceptación del público ha sido muy buena. Yo recuerdo escenarios como las ruinas de la Iglesia Santa Ana, donde cientos de personas disfrutaron de una puesta en escena sentados en el suelo. El público está esperando ávido, solo falta que el teatro termine de crecer.
*Estudiante de Periodismo