La Candelaria y San Blas: historia y ficción en Trinidad
Por: Carlos Luis Sotolongo Puig*
2/feb./2012
En tiempos donde se hace un llamado a preservar el legado inmaterial de los pueblos, los moradores de esta villa colonial apuestan por mantener vivas las tradiciones heredadas de nuestros predecesores.
Por eso cuando llega febrero Trinidad desempolva dos de sus leyendas más antiguas procedentes de Islas Canarias: la de Nuestra Señora de la Candelaria y San Blas, patronos de los poblados de Condado y Caracusey, respectivamente, cuyos festejos populares se remontan a la fundación misma de la tercera villa.
La historia y la fantasía se fundieron al interior de estos acontecimientos para permanecer en el imaginario de los habitantes de esta tierra sureña y desafiar al tiempo.
El aire frío invadía la ciudad a finales de enero para anunciar la llegada de estas fiestas. La fe popular afirmaba que la Candelaria merodeaba entre las cuevas de la Ermita de la Popa. Por su parte al cordoncito de San Blas se le atribuían propiedades curativas para los problemas de la garganta.
Nunca podrá tenerse certeza de tales suposiciones pero sí es un hecho indiscutible la concurrencia durante estas jornadas de febrero en la Ermita de la Popa. La tradición oral refiere cómo devotos y curiosos acudían ante el sonido de las campanas para presentar el día dos los niños a la virgen y rogar por el amparo de su familia y el día tres a pedir por la salud del pueblo trinitario.
No pocos recuerdan cómo este acontecimiento cultural, una vez terminada la celebración litúrgica, llegaba hasta los rincones más recónditos de los poblados de Condado o Caracusey, según la fecha, para realizar actividades de ocio, cantar y bailar como regalo a sus Santos Patrones.
Esta tradición no envejece. A pocos días de comenzar el segundo mes del año empieza el entusiasmo en las calles de los dos territorios rurales de Trinidad. Quienes desandan sus calles ponen todo el empeño para hacer de estas fechas una jornada de esparcimiento para los lugareños y los invitados de diferentes puntos del país u otras latitudes interesados en vivir esta experiencia.
La ciudad ya no escucha el repique de las campanas pero la fe o la costumbre hacen que se congreguen muchas personas para invocar la protección de los más pequeños y buscar los cordones tejidos por manos anónimas para curar la tos y otras enfermedades.
Este año la Ermita de la Popa no acogerá esta celebración pero la Iglesia de Santa Ana, uno de los templos más antiguos de la ciudad, recibirá a quienes se dispongan a mantener nuestro legado cultural.
Mantener viva el alma juglaresca de Trinidad depende de nosotros. Conservemos las leyendas y tradiciones que hacen de esta ciudad un sitio especial, cerca del mar y del monte.
*Estudiante de Periodismo.